Henry el bailador

Oficiante destacado en el difícil arte de salirse con la suya, el expresidente ENRIQUE PEÑA NIETO aparece recientemente en estampas donde expone los recovecos de su afilada individualidad en el feliz disfrute de impunidad, soltería y fortuna.

El primero de agosto pasado se cumplieron ocho meses de su salida y esto permite observar los seis años de gobierno y el año séptimo en marcha.

Su estilo personal de gobernar representó, al final de cuentas, un triunfo de su voluntad individual a costa de amistades, compromisos, aliados, cómplices, simpatizantes, socios y, desde luego, de su propio partido. Se diría que todos perdieron menos él.

A costa (también) de su familia. Apenas en su sexto informe (septiembre, 2018) durante el recuento global de su administración, se había dado tiempo de agradecer el apoyo de su entonces pareja, la artista ANGÉLICA RIVERA, la prole común, hijo, hijas, hijastras.

Aunque no bien entregó el poder a LÓPEZ OBRADOR (diciembre, 2018) empezaron a circular versiones de una probable relación con la modelo potosina TANIA RUIZ EICHELMANN.

Las primeras fotos de ambos en Madrid circularon desde el 31 de enero, en redes y espacios cibernéticos de la revista QUIEN, entre otras.

Ni tarda ni perezosa, el 8 de febrero, ANGÉLICA informó desde las redes sociales de su separación definitiva. El 2 de mayo de 2019 se formalizó el divorcio.

Se habían casado un 27 de noviembre de 2010. Al igual que MARTHA SAHAGÚN, la señora RIVERA había apelado al Tribunal Apostólico de la Rota Romana para anular su matrimonio eclesiástico anterior con el productor artístico JOSÉ ALBERTO CASTRO, padre de sus tres hijas.

Dejó muchas cosas, incluyendo la carrera artística, para convertirse en primera dama del Estado de México (2010-2011) y luego del país entero (2011-2018). Al final, fue PEÑA NIETO quien la dejó a ella.

El pasado 20 de julio ENRIQUE cumplió 53 años. Dos semanas después, el 2 de agosto, ANGÉLICA llegó a los 50. TANIA cumplirá 32 el próximo 23 de octubre.

APEGOS Y DESAPEGOS

Pero más allá del núcleo familiar, la sensación de amigos y colaboradores es más o menos la misma. Díganlo si no, las figuras a las que dejó crecer como probables sucesores: LUIS VIDEGARAY, MIGUEL ANGEL OSORIO CHONG , AURELIO NUÑO y ERUVIEL ÁVILA, entre otros.

A todos ellos infló, deslumbró, utilizó y luego abandonó al sacarse de la manga la candidatura presidencial por demás atípica de PEPE TOÑO MEADE, candidato de medio pelo, sin experiencia electoral ni militancia tricolor.

Había dejado ver sus intenciones desde aquella XXII Asamblea Nacional Ordinaria del 12 de agosto de 2017, cuando modificó los estatutos del PRI para permitir un candidato presidencial externo.

Se eliminó el viejo requisito de contar con 10 años de militancia. A partir de esa fecha, ni siquiera sería necesaria la militancia.

Reforma que parecía tener dedicatoria para beneficio y encumbramiento del propio PEPE TOÑO, quien ya había ocupado cuatro secretarías, Energía bajo el calderonato y luego Relaciones Exteriores, Desarrollo Social y Hacienda, en el gobierno peñista.

Desde un principio comenté en esta columna que no parecía una candidatura ganadora. En primer lugar porque los priístas (en su eterna sumisión a los caprichos del presidente en turno) tuvieron que tragarse el sapo de una reforma que parecía despreciar el merecimiento de la militancia activa.

Y también por el bajo perfil político de MEADE. Su hoja académica y su experiencia en cuatro secretarías podrían hacer esperar un mandatario acaso capaz, pero ni de lejos garantizaban una candidatura ganadora.

Competidor vulnerable en medio de la tormenta obradorista, MEADE sucumbió vergonzosamente el domingo 1 de julio de 2018, al registrar el 16.4% de los votos, por debajo del panista RICARDO ANAYA (22.27%) y, por supuesto, de LÓPEZ OBRADOR (53.19%).

Lo curioso es que dicho fracaso estaba muy lejos de ser una sorpresa. Parecía la crónica de un naufragio muy anunciado, previsto con anterioridad suficiente hasta por el observador más ingenuo.

La pregunta que nos hacíamos desde el arranque de las campañas es si PEÑA NIETO habría cometido un error al decidirse por la candidatura de MEADE o si (como era sospecha pública) lanzó deliberadamente un candidato débil, un cordero de sacrificio para favorecer la entrega de mandos a LÓPEZ OBRADOR.

HAPPY END

Para el PRI el precio fue muy alto. El manejo egoísta del ajedrez sucesorio parece haber dejado este partido en condiciones agónicas, cercanas a su hecatombe final.

Por supuesto, PEÑA entregó la plaza a cambio de impunidad, como lo hizo ERNESTO ZEDILLO con VICENTE FOX, 18 años atrás.

El doctor ZEDILLO pudo así dedicarse a sus consultorías en el ancho mundo de las finanzas estadounidenses, sin temor a que investigación alguna le pisara los talones.

Por su parte, ENRIQUE PEÑA NIETO parece haber retornado a la adolescencia. Estamos ante el exmandatario mexicano más “cool” del que se tenga noticia.

Bon vivant, socialité de tiempo completo. Adinerado, botó el compromiso matrimonial con el puntual cambio de sexenio. Se le ve bailando con una rubia deslumbrante.

Pero, como dice el periodista RENÉ DELGADO, más allá de bailar con una (o con dos), PEÑA NIETO deja la impresión de que “nos bailó a todos.”

Prometió hasta con notario público, incumplió de manera flagrante, formó un equipo político al que luego abandonó a su suerte, jugo a fusionar dos familias en una, para luego dejarlas a la deriva.

Se casó y descasó para después salir por la puerta trasera incorporándose de lleno al elenco selecto que puebla las revistas de corazón.

Ahí, donde farándula, política y exhibición de fortunas coexisten felizmente.
Se bailó al país, en efecto, y sigue bailando.

Autor: Carlos López Arriaga/Opinión
Publicado el Domingo 4 Agosto 2019 / 20:42 hrs